Sueño de una noche.

 

Anoche leyó un libro y consumió sus páginas de la misma manera que se consume un cigarrillo; sin percepción del tiempo el estructurado papelillo que envuelve las hojas de tabaco acaba su corta vida tras un fuego amenazador que persigue y acosa su cuerpo rápida y constantemente hasta terminar con el. Y en el aire, como en las personas, queda el humo que todos respiran, el mismo humo que impregna hasta los pensamientos, y en un cenicero quedan las escorias que simplemente van a dar al basurero.

Pero el libro permanece ahí, pasivo y consumido tras cada hoja, tras cada palabra. Es la historia que a través de sus ojos proyecta su mente, el sentir que se llevan todos cada vez que coinciden con la mirada, sin embargo, el libro sigue existiendo, sigue estando ahí, con sus líneas intactas perdurando y batallando con los años para que aquel que pretenda conocerlo reconozca su estado natural.

Tomaba apuntes en un cuadernillo de hojas cuadriculadas en un tono exageradamente ennegrecido, haciendo que cada letra, palabra u oración quedaran sin culpa encarceladas en aquella jaula de interminables barrotes negros. Todas juntas permanecieron quietas tomadas de la mano resignándose al mandato absurdo de aquella bombilla de tinta que las escribió.

Una vez acabada y leída la última página de aquel libro, puso punto final a las extracciones y a más de alguna reflexión que aquellas escenas le provocaron anotar. Quitó tres hojas atestadas de reas y las puso dentro de una carpeta delgada de cartón gris procurando cuidarlas y protegerlas de sus propias manos, manos que no fueron adiestradas ni aleccionadas a la hora de proceder al cuidado de algo más delicado y frágil que ellas mismas, evitando entonces hacer aquel daño que nunca en sus articulaciones estuvo pensado hacer pero que finalmente sin quererlo podrían llegar a causar.

Caminaba por la vereda que en su camino resultaba poco habitual, lado contrario a lo que todas sus ejecuciones estaban acostumbradas a tomar, por tanto, iba en un hemisferio distinto a lo que por lo general sus ideas lo hacían andar. Perseguía en aquel camino encontrar el punto y el lugar al que sus pasos equivocadamente lo obligaban a seguir. Ya casi salía de la ciudad por interminables calles calentadas por un sol particularmente más intratable que días anteriores.

Al levantar la vista y enderezar su cuerpo, algo atrajo su esquiva atención y mientras seguía caminando lo observaba con mucha detención:

En un poste del tendido eléctrico, a una altura de dos metros, se extendía un cordel o hilo casi invisible que, a ratos, con la luz del sol, se podía percibir de mejor forma. Este lazo terminaba unido al enrejado de una casa, siempre a la misma altura que a la del fuste, cruzándose de manera perpendicular a la avenida. En ambas uniones el hilo continuaba hasta dar con el suelo quedando libre y suelto. Pero el centro de atención, lo más llamativo de esta extrañeza era una pequeña cajita abierta de color azulino por fuera y blanca por dentro, que se encontraba en medio del cordel invisible, dando la impresión de que volaba sobre su cabeza. Aquella cajita mostraba en su interior algo así como una gran joya que con su resplandor atraía la mirada de cualquiera que pasara por ese lugar, pero esta vez el turno fue únicamente de él.

Pasó de largo, pero unos pasos más allá se detuvo inquieto por la curiosidad que le causó aquello tan absurdo e inexplicable que sus ojos habían visto. Permaneció unos segundos pensando e imaginando de qué trataba esa especie de trampa por la cual había pasado, y sin más vuelta que darle caminó de regreso con la intención de averiguarlo.

Examinó por un instante, soltó la carpeta de sus manos, la lanzó al suelo desprovisto de pavimento y rápidamente tomó ambas puntas del hilo que entregaba el acertijo posado sobre el. Pretendió entonces que sería algo fácil de adivinar y tiró de ellas mientras una mirada oculta lo sorprendía silenciosamente justo en aquel momento.

No consiguió lo esperado. Los nudos no cedieron y lo único que obtuvo fue destruir la instalación que maravillaba en el aire. Se dejó llevar por el brillo, por la intriga y por tratar de encontrar razones innecesarias que sólo provocaron caos en el.

No supo seguir adelante en su camino tras su objetivo principal que lo condujo por aquella dirección. Se deslumbró por algo aparentemente tan valioso pero a la vez sin sentido. Tropezó con sus errores, errores que definitivamente marcaron sus pasos tras conseguir únicamente ver enredado el lazo en aquellas dos manos que por curiosas olvidaron lo encomendado. Se vio desesperado, arrepentido de su inspección y temeroso luego de percibir una mirada cautelosa que lo acosaba y que a lo lejos lanzó gritos de rabia y cólera sobre él.

Cortó rápidamente los lazos de sus manos como si cortara el viento, tomó la carpeta que ahora estaba maltrecha y llena de tierra por las pisadas que sin darse cuenta le había propinado. Caminó muy rápido continuando su camino, alguien lo seguía por haber provocado algo que ni él alcanzó a entender, pero estaba asustado, a tal punto de desviar su trayectoria sin pensar lo que hacía.

Llegó a parar en una casa desconocida, la puerta estaba abierta y un poco más allá dos personas conversaban; una mujer hermosa y suave en gestos además de un dulce tono de voz, y un hombre arruinado, humilde que permanecía inmóvil sobre una silla de ruedas mal conservada.

Se metió a la casa como un ladrón, sometiéndose a la mirada enjuiciadora de aquellos dos personajes:

– Buenas tardes – dijo, como queriendo justificar su vandálica entrada- Busco a… a Juan Fernández- Titubeó.

Nada más falso se le ocurrió que simular buscar a una persona inexistente dando el nombre de la que hoy en día es un lugar.

La mujer con delicada prudencia lo acompañó hasta la puerta al percatarse de que aquel hombre de enfurecidos pasos se acercaba hasta su hogar y en voz alta, de manera que la escuchara, respondió:

– El hombre que buscas vive tres casas más allá- indicando con el índice la dirección- que tengas buena suerte y espero puedas encontrarlo- concluyó cerrando la puerta.

Sorprendido ante su naturalidad en responder de aquella forma una pregunta tan falsa como su respuesta, se sintió acompañado y protegido por aquella desconocida mujer que intentó cubrir su integridad dando a entender que sus ojos temerosos e inocentes le habían contado con detalles el episodio anterior, no obstante, no fue suficiente para dejarlo tranquilo. Se apresuró en dejar la casa tras una discusión a gritos que se desató entre el enajenado hombre de la joya voladora y la noble mujer que en dos minutos fue cómplice voluntaria de la situación.

Comenzó a correr. Corrió lo más que pudo, las últimas casas quedaron atrás pequeñas e insignificantes como una enorme maqueta casi real. Sabía que estaba en peligro y ya nada más importaba que encontrar un manera rápida de poder escapar. Daba lo mismo perder la continuidad de su ruta porque hubiese sido continuar sin sentido algo que desde el inicio nunca lo tuvo. Ahora el objetivo era otro, “Escapar”.

Corrió entonces por la carretera desesperado al ver y escuchar que por su derecha, su lado inusual, se oían saltos endiablados de un animal que en pocos segundos, a unos diez metros de su lado, se le acercaba.

Sobre un caballo negro y muy robusto montaba poseído aquel castigador de inexplicable persecución. Con arma en mano lo atormentaba cada vez más cerca.

Era el momento más crítico de su vida, un día contrariado por sus propias ideas y decisiones que lo condujeron a huir de sus actos, en definitiva, a huir de si mismo.

El cansancio adormecía su cuerpo, la angustia bloqueaba su mente y el miedo paralizaba sus sentidos.

Cruzó la calle hacia la izquierda y una vez estando del otro lado se lanzó sobre una barrera de arbustos que hacía de cerca en aquel lugar.

Cayó de cara al suelo, con los papeles en una mano y la otra sobre el rostro. Se levantó, corrió y corrió y volvió a caer una y otra vez.

Sus piernas estaban heridas, sus brazos rasgados y su alma temía, pero era ella la única que lo impulsaba y lo quería rescatar.

De un momento a otro sus oídos se ensordecieron tras un estallido, que no era tal sino la propia sentencia gatillada y expulsada por el arma enemiga.

Una…, dos…, tres…, cuatro balas y la suerte parecía estar de su lado, ninguna había tocado su cuerpo hasta un inesperado quinto y definitorio intento.

Sintió en su cuello la perforación y como un tronco cayó de espaldas sobre el pasto verde del campo abierto en el que se había internado. En ningún momento hubo dolor físico, porque el dolor más fuerte lo sentía su alma por no comprender.

La sangre tibia que corrió por su piel lo hizo sentir muerto y todo se llenó y transformó en oscuridad y en silencio. Sus ojos se cerraron suaves y en su respiración se sintió un alivio enorme.

Nunca antes había sentido aquella hermosa sensación, aquella inigualable paz.

Aquel libro es mi vida.

Aquella carpeta gris mi mente.

Aquellas hojas maltratadas mis pensamientos, y

Aquellas palabras presas mis sentimientos.

Aquella larga e interminable calle son los años.

Aquella joya los tropiezos y errores de toda una vida.

Aquel hombre persecutorio soy yo como mi único enjuiciador, y

Aquella bala, paradójicamente, es un nuevo intento y oportunidad de rehacer y encontrar paz.

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Sueño de una noche.